Este fin de semana el padre de la criatura y la que escribe hemos asistido a un cónclave de entendedores de vinos. Y allí estaban ellos, los expertos sommeliers, con su típico delantal y el tastevin de plata colgado al cuello, dispuestos a mostrarnos todos los entresijos de la cata de vinos.
Han comenzado por coger la copa y observar el vino al trasluz, tal y como hacen los médicos con las radiografías. Han pasado posteriormente a olfatearlo, inhalando los aromas primarios, los secundarios y, agitando la copa en torno a su eje vertical, han percibido si el vino tenía bouquet o no.
Y finalmente llegamos a la fase gustativa, es decir, donde se prueba el vino. Han bebido un sorbo y han comenzado a girar la lengua como hacen los hámsters y, sglurg, se lo han tragado. Ha sido entonces cuando ha iniciado un diluvio de sinónimos: afrutado, aterciopelado, cálido, astringente, ligero, intenso, con cuerpo, fresco, persistente, intrigante, seductor… Y después, sglurg de nuevo, otro sorbo de vino para dentro y otra tormenta de sinónimos: sedoso, flaco, elegante, estructurado, áspero, capitoso, vivaz, tierno, gouleyant…
“¡MadredelAmorHermoso!”, he pensado para mis adentros. “Estos de aquí se han aprendido de memoria el diccionario de sinónimos de la RAE”. Y es que yo todos estos adjetivos no se los digo ni siquiera al padre de la criatura, así que imagínate si los derrocho en la descripción de una copa de vino.
Y llegamos al tema crucial del retrogusto: clavo, cómino, geranio, anís, chocolate, vainilla, pimienta, manzana, orégano, mora silvestre, cereza de la montaña, naranjas de río y ciruela pocha. En fin, que tú te bebes un vino para terminar descubriendo que es como si hubieras tomado un zumo pero ocho veces más caro.
Al final de la velada, nos han invitado a convertirnos en expertos catadores durante unos minutos. Nos han servido un vino, lo hemos mirado al trasluz, lo hemos olfateado girando la copa y lo hemos bebido. Y ¡zas! Todas las miradas puestas en una servidora para saber cuál era mi valoración sobre el vino que acababa de probar. Y no sé vosotros y vosotras, pero yo, bajo presión, me quedo sin adjetivos. Ni siquiera uno me venía en mente. Sólo sustantivos. Por lo que decidí optar por describir el retrogusto. Pero como decir que sabía a madera me parecía tan sumamente trivial e insustancial, dejé que mi parte creativa saliera a flote y exclamé con una ostentosa seguridad: "percibo indudablemente un retrogusto de… parquet".
No sé por qué me temo que mi futuro como sommelier se interrumpe aquí...
;)


